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“Yo mismo cuidaré de mi rebaño”

Madera de olivo

El título de este icono procede de un texto del profeta Ezequiel (Ez 34,11) donde nos habla de los desvelos y cuidados de Yahveh con su pueblo a través de la imagen del pastor.

Este icono del Buen Pastor está representado sobre una rodaja de madera natural de olivo con forma como de “llama de fuego” que nos recuerda el “amor encendido” de nuestro Dios por nosotros.

De entre todas las acciones y escenas posibles de un pastor -reclamar el rebaño a quienes lo han robado, cuidarlo con cariño, velar por las ovejas, sacarlas de en medio de los pueblos, reunirlas, apacentarlas, llevarlas a pastorear y a reposar, buscar a la oveja perdida (Ez 34,11-16)- es esta última -la oveja perdida sobre los hombros del Señor- la escogida para este icono porque Jesús la empleó para explicar, a través de una parábola, cómo es su corazón, y porque, con este gesto, expresa lo que significa la misericordia –el gran rasgo del amor de las Tres Personas Divinas– y una acción clave de la redención.

El laborioso proceso de composición de un icono es un camino de oración, contemplación y recepción. Un momento clave en el proceso de iluminación es la colocación del oro, muy apreciado por tratarse de un metal precioso que no se oxida y que remite a lo eterno y a la realeza, lo que quiere decir que lo que ahí aparece pertenece a la esfera donde reina Dios. Esta es la razón por la que en el nimbo hay inscritas tres letras griegas (O WN) que significan “El que es”, y remiten al nombre que Yahveh le dijo a Moisés junto a la Zarza ardiendo (Ex 3,14).

La elaboración del icono ha seguido las pautas de la tradición teológica y espiritual de la Iglesia, utilizando materiales naturales, pero también requiere de la experiencia del Encuentro (en este caso, del encuentro con el Buen Pastor).

Los colores, a través de su carácter simbólico, ayudan a penetrar en el Misterio que se representa: el azul del manto, remite a la naturaleza humana de Jesús, mientras que el rojo refiere a la naturaleza divina.

El Señor nos mira (en cualquier lugar que nos situemos Él tiene los ojos fijos en nosotros, nunca nos abandona) para transmitirnos serenidad, hondura y amor. “Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas. Las recobraré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas” (Ez 34,12).