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Bienaventurada pobreza

Madera de pino alistonado

Icono de Clara y Francisco de Asís: Dos almas unidas por y para el Señor, inseparables, pero con entidad propia. Razón que explica la elección de un díptico con dos “compuertas”.

Ambos amaron la pobreza evangélica –hilo conductor del icono–, por eso están representados con los pies descalzos y desnudos. Clara de Asís cantaba: “¡Oh pobreza bienaventurada que da riquezas eternas a quienes la aman y abrazan! ¡Oh pobreza santa por la cual, a quienes la poseen y desean, Dios les promete el Reino de los Cielos!”.

Los dos pórticos que cobijan a los dos santos apuntan a que ellos, que eligieron ser últimos en este mundo, fueron los primeros en el Reino de Dios; por eso, el arco y las columnas que los enmarcan, están doradas con oro fino –con la misma técnica que la aureola de la santidad–, para indicar que están sostenidos por el Señor y envueltos en su Gracia. El oro es el metal precioso que mejor representa la luz increada, la del Espíritu Santo, por tratarse de un material precioso que no se oxida (por lo que simboliza la realidad imperecedera y eterna), y que indica realeza (donde están los dos santos se extiende el Reino de Dios):

  • La compuerta de la izquierda representa a Francisco, el poverello de Dios, en el que destacan cuatro rasgos: los estigmas, símbolo de su identificación con Cristo; el lobo, que representa su amor a la Creación y su capacidad de entrar en comunicación y comunión con ella; el Espíritu Santo en forma de cruz, aleteando sobre su costado (pues Dios le ha robado el corazón); y la túnica que tantas veces le remendó Clara, signo de pobreza.

 

  • El de la derecha representa a Clara, fiel seguidora del Señor a través de lo que le inspiró el camino de Francisco. Decía de sí misma que era “una humilde planta del bienaventurado padre Francisco”; por eso en el icono lleva la cruz franciscana sobre su pecho, iluminada por el oro fino como sello de Dios sobre su vocación, y que tiene la forma de la Tau, última letra del alfabeto hebreo, signo de conversión y de penitencia, de elección y de protección por parte de Dios, de redención y de salvación en Cristo. Tomás de Celano, en su Tratado de los Milagros, recuerda que «la señal de la Taule era preferida a sobre toda otra señal; con ella sellaba Francisco las cartas y marcaba las paredes de las pequeñas celdas» (3 Cel 3).

 

Además de la cruz franciscana, Clara lleva dos símbolos importantes: la flor blanca que habla de simplicidad, honestidad y pureza; y el mechón de pelo que Francisco le cortó como símbolo de su entrega total. Como dice San Pablo, “es una gloria para la mujer la cabellera” (1Co 11,15), porque es símbolo de belleza, y por tanto, la entrega incluye algo tan preciado para la mujer como su belleza vinculada no solo a la estética sino sobre todo al bien y la bondad (aunque Clara tenía además fama de ser hermosa).

Nada mejor que recordar algunas de las palabras de Francisco en su testamento para entender su espíritu que ojalá haya quedado recogido en el icono: “Y los que venían a tomar esta vida daban a los pobres todo lo que podían tener (Jb 1,3) y se contentaban con una túnica remendada por dentro y por fuera; con el cordón y los calzones. Y no queríamos tener más”.