SOBRE LUZ Y CALÍGRAFOS

 

La seña de identidad de esta web está condensada en su nombre –Luz y Calígrafos– inspirado en la expresión “luz y taquígrafos” con la que se quería decir que algo se hacía con transparencia, a la vista de todos y con testigos: la ‘luz’ como signo de claridad y los ‘taquígrafos’ que son las personas encargadas de escribir palabra por palabra lo que se ha dicho a través de signos y abreviaturas, muy común en juicios y sesiones parlamentarias. Porque esta web va de recibir la luz que procede de la Palabra de Dios, y de cómo transcribirla para transmitirla, puesto que todo creyente está llamado a ser un servidor de la Palabra.

Los iconos –palabras que se transcriben en imagen– son ventanas en las que podemos asomarnos a contemplar el Misterio. Siguen las pautas de la tradición teológica y para su composición solo se utilizan materiales naturales (materia prima salida de las manos del Creador): madera, lienzo, yeso, cola de conejo, colores en polvo (tierras naturales), yema de huevo, pan de oro. Se trata de sacar a la luz, la Luz que habita en la materia.

La caligrafía –que significa “bella escritura”– es el arte de la transcripción, rescatando la antigua tradición de los monjes copistas medievales que trabajaban y oraban en el scriptorium. Llevada al ámbito espiritual supone adentrarse en la contemplación del significado de palabras sagradas o especialmente valiosas. Ayuda a la concentración y al conocimiento lento, pero hondo, que se detiene en cada detalle de lo que se copia.

Los libros y otras publicaciones son, en mi caso, una vía de comunicación más discursiva, siguiendo el mandato del autor de la primera carta de Pedro que nos anima a estar “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto” (1Pe3,15-16). En este sentido escribir es como un ejercicio de arquitectura, como diseñar un edificio en el que las ideas deben estar bien trabadas.

La palabra oral, la pronunciada, tiene la cualidad del impacto más inmediato, pero si está al servicio de la Palabra, es exigente y se trata de un verdadero ejercicio espiritual que supone entrenarse en la prudencia, la consideración de los interlocutores, el cuidado del tono de la voz y de la presencia, y el difícil y sutil equilibro de contar a Dios desde la experiencia personal, pero sin centrarse en uno mismo.