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Miróforas

Madera de pino alistonado

Icono de las mujeres junto al sepulcro

La escena de las mujeres que van juntas, en comunión, a perfumar el cuerpo del Señor en el sepulcro es emocionante. Ellas se habían fijado dónde colocaban a Jesús después de bajarlo de la cruz para ir a venerarlo y homenajearlo. “Muy de mañana fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús” (Lc 24,2-3). La experiencia de la resurrección tiene está precedida por el amor. Seguir la pista al amor es el camino para encontrarse con la Vida.

“Las mujeres que habían venido con Él desde Galilea” (Lc 23,55), aquellas que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades, y otras muchas que les servían con sus bienes (Lc 8, 2-3) no quisieron abandonarle, ni siquiera en el espacio de la muerte.

El sepulcro está fuera de las puertas de Jerusalén que están abiertas. Extramuros. Porque la luz de la resurrección se expandirá por todo el mundo. Allí, encuentran un personaje extraño, pero reluciente en sus vestiduras. Es quien les lanza la pregunta clave: ¿A quién buscáis en el sepulcro? No está entre los muertos el Viviente.

Y ellas ven y creen. Como las vírgenes de la parábola, estaban vigilantes, con los ojos despiertos para encontrarse con la nueva realidad de la resurrección. Los soldados, sin embargo, como los discípulos en Getsemaní, se quedaron dormidos, y no pueden ver.

El icono está en un círculo como anunciando un mundo nuevo en el que es posible encontrar señales que anuncian la buena nueva, por eso está rodeado de cuatro ángeles, esos mensajeros que, como el de sepulcro, nos preguntan y nos muestran dónde mirar.