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Quédate junto a nosotros

Madera de abedul

“Quédate con nosotros porque atardece”, le dijeron dos discípulos de Jesús a aquel hombre que se había presentado en su camino (Lc 24,29). No sabían que era el Señor. Uno de ellos se llamaba Cleofás, pero del otro no se dice el nombre; podría ser una mujer.

Los colores del icono son los del atardecer. En el cielo ya no aparece la luz del sol que ha sido sustituida por la luz del manto del Resucitado. Por eso el Señor está en el centro del icono, y de Él irradia la luz inmaterial, luminosa y dorada. La combinación entre el color blanco de la túnica y el dorado del manto une las dos experiencias que trae la resurrección: la nueva vida, la transfiguración, el triunfo del Espíritu de Dios.

Todo sucede extra-muros, fuera de la ciudad en la que ha ocurrido la muerte de Jesús, y a la intemperie, en medio de un camino oscuro sin un claro horizonte. La soledad, el silencio y la ausencia de apoyos favorecen la escucha. No reconocen al Señor al principio, a pesar de la luz que arrojaba sobre las Escrituras que, con su modo de explicarlas, cobraban sentido. Su corazón se está preparando.

Los dos discípulos comparten el color verde, la mujer en el manto, Cleofás en la túnica. Porque se están llenando del Espíritu a medida que van abriendo el corazón. La túnica de la discípula es azul, símbolo de lo terrestre, de lo humano, pero queda envuelta en el espíritu de Cristo, en quien se sostiene y de quien se deja llevar (por eso se apoya en su brazo); el discípulo, en cambio, lleva el espíritu “pegado a su cuerpo”, cerca del corazón, pero está envuelto por un manto violeta púrpura, un color que desde la Edad Media simboliza la penitencia y la mortalidad. No es capaz de ver porque sus ojos han quedado prendidos en el sepulcro. Sin embargo, está llegando la luz. Por eso el icono en su conjunto irradia color. La buena nueva está vinculada a esa persona que acaba de llegar; mejor no separarse de Él.