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Opiniones

Evaluación continua

By 25 de septiembre de 2023No Comments

“¡Este año voy a empezar bien!”. Un propósito firme que todos nos hemos hecho alguna vez al comenzar un curso nuevo. Pero la pereza y los planes alternativos terminan por convencer a muchos estudiantes de que esto de hincar los codos no es tan productivo como pensaban. Las primeras calificaciones, sin embargo, llegan sin apenas darse uno cuenta y entonces no queda más remedio que reconocer que esquivar el esfuerzo cotidiano tiene sus consecuencias. Y así llega ese momento fatídico del “tierra, trágame”, cuando a uno le entregan las notas con malos resultados que causan más de un disgusto familiar. Para los padres, por la culpabilidad que genera –“algo habremos hecho mal”–, y para los hijos, porque comienzan a buscar desesperadamente excusas para rebajar la responsabilidad: “el profesor me tiene manía; Fulanito, que ha estudiado mucho menos, ha aprobado porque ha copiado; y, con todo lo que he trabajado, solo me ha contado la nota del examen…”

A nadie le gusta ser evaluado. Solo los que van sobrados y saben que las notas acompañarán, esperan con optimismo el veredicto. No es lo frecuente. Lo normal es vivir la tensión de una espera de resultados que no siempre reflejarán todo el esfuerzo realizado.

Para evitar estos disgustos hay corrientes educativas que proponen eliminar los controles o pruebas puntuales. Pero si queremos que la escuela prepare para afrontar los problemas habrá que incorporar ejercicios con los que se entrene a niños y jóvenes a salir airosos de cualquier situación, incluidas aquellas en las que uno se juega casi todo “a una carta” sin que se tenga en consideración su trayectoria y entrega. En el ámbito profesional ocurre con las oposiciones, concursos o entrega de proyectos. La vida es una evaluación continua que nos coloca a veces en encrucijadas donde toca elegir y decidir, y que marcan un antes y un después.

Más que suprimir obstáculos tendríamos que cambiar el modo de plantearlos y no perder nunca su dimensión pedagógica, evitando los juicios de valor sobre la persona. Los padres, transmitiendo naturalidad, animando a la perseverancia y reconociendo ese esfuerzo que otros no pueden ver; los hijos, confrontándose con los resultados para descubrir capacidades, medir esfuerzos, y focalizar las áreas de mejora. Todos –la sociedad entera también– necesitamos palabras, informes y pruebas que aporten un grado de realismo y objetividad. Porque nos ayudan a crecer.

 

María Dolores López Guzmán

Publicado en R21

Noviembre 2018