Estoy a la puerta y llamo
Madera de abedul
Este icono se inspira en el texto del Apocalipsis en el que el Señor dice: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). La hospitalidad está inscrita como “ley” en el corazón de Dios, y por tanto, en el del ser humano.
El abedul es un árbol muy apreciado porque su corteza es prácticamente incorruptible y tiene usos medicinales. Simboliza la primavera por ser uno de los primeros árboles en brotar, y también, la morada del hombre, es decir, el hogar.
Los iconógrafos aprecian mucho el oro por tratarse de un metal precioso que no se oxida y remite a lo eterno y a la realeza, lo que quiere decir que lo que ahí aparece pertenece a la esfera donde reina Dios, un lugar sin sombras. Es por eso por lo que en el nimbo hay inscritas tres letras griegas (O WN) que significan “El que es”, y remiten al nombre que Yahveh le dijo a Moisés junto a la Zarza ardiendo (Ex 3,14). Ese diálogo con Yahveh se produjo en el Horeb, el monte Sinaí, por eso detrás de los muros de la casa, en el fondo, aparece representada una montaña a lo lejos. Y junto al nimbo, otro nombre (IC XC), la abreviación, en cuatro letras, del nombre en griego de Jesús Cristo.
Los colores, a través de su carácter simbólico, ayudan a penetrar en el Misterio que se representa: el azul del manto remite a la naturaleza humana de Jesús, mientras que el rojo refiere a la naturaleza divina.
En esta escena el Señor nos espera. Llama. Toca suavemente a la puerta. Depende de nosotros para ser acogido. Parece casi un mendigo… Es difícil de explicar la alegría del Señor cuando abrimos nuestra casa. Una acción que no deja de sorprender pues la verdadera puerta es Él: “Yo soy la puerta, si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” (Jn 10,9).
Hay una llamada a la hospitalidad con todo aquel que llegue a nuestras casas. Lo que hagamos a otros se lo estaremos haciendo a Dios. “Porque era forastero y me acogisteis…” (Mt 25, 31-46). A san Pablo le sucedió con los gálatas, a quienes recordó que cuando estuvo enfermo, “me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús” (Gal 4,14).