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Opiniones

A un clic

By 23 de agosto de 2023No Comments

El show de Truman, la película de Peter Weir protagonizada por Jim Carrey, que denunciaba y predecía el boom de la telerrealidad, celebra este año su veinte aniversario. Parece mentira que aquel guion que contaba la sorpresa y angustia del protagonista al descubrir que su vida estaba siendo retransmitida por televisión las 24 horas del día, haya sido superado por la realidad. Pero así ha sido. Y con creces. El famoso programa Gran Hermano lleva reventando las audiencias en España 18 ediciones (y las que quedan) gracias a una fórmula hecha para satisfacer el morbo más básico y la curiosidad malsana. Tal es el éxito, que los reality shows en todas sus variantes están proliferando indiscriminadamente. Intimidad expuesta sin filtro ni pudor.  Miserias mostradas sin tapujos bajo el amparo de una bochornosa libertad de expresión mal entendida y un desmedido afán de lucro. Peleas teatralizadas entre padres e hijos, parejas ofendidas por supuestas infidelidades, pruebas de paternidad, montajes entremezclados con medias verdades, y el no va más: demandas en los juzgados por supuestas violaciones del derecho al honor y la intimidad. Todo con tal de ganar una décima más de cuota de pantalla y de popularidad. 

Entristece profundamente saber que a los hijos les llega de forma tan explícita la chabacanería y el mercadeo de las relaciones. Que sus ojos van a habituarse a los malos modales, y sus oídos a expresiones malsonantes. Lo más doloroso es saber que no es posible evitarlo del todo. Con un clic tienen acceso indiscriminado a todo ello a través de internet. A lo sumo podemos aspirar a retrasar lo más posible la concesión del móvil con 4G; asunto peliagudo abocado al reproche pues con ello les convertimos en marginados y les hacemos diferentes a los demás. No se gana ahí la batalla.

Hay que contrarrestar sin descanso la avalancha de mensajes que reciben que no están en consonancia con lo que creemos. Hay que confiar en que la fuerza del buen gusto y la bondad vayan ganando atractivo. Y hay que recordar a las instituciones que eliminar ciertos contenidos o hacer que su acceso sea difícil para los menores de edad, no es censura, sino pedagogía y cuidado. Quemar etapas antes de tiempo dificulta vivir el placer con mayor plenitud y sentido después; y genera el espejismo de creer que aumenta el conocimiento cuando en realidad se pierde criterio, profundidad y capacidad de discernimiento. 

 

María Dolores López Guzmán

Publicado en R21

Agosto-Septiembre 2018