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Un abrazo único.

El reencuentro entre Jesús y María.
Madera de chopo.

Representa el abrazo entre la Madre y el Hijo tras la resurrección. La Tradición de la Iglesia ha conservado desde los orígenes la creencia de que la primera persona a la que se apareció Jesús resucitado fue a su madre. Un encuentro único, que desborda intimidad y alegría, ternura y agradecimiento, memoria y abrazo.

Jesús lleva la túnica blanca, y el manto dorado, para expresar que se trata del Señor resucitado. Las vestiduras irradian luz, por eso los colores predominantes son el blanco y el ocre dorado. María lleva los colores habituales: el azul, que simboliza la dimensión humana, la realidad terrestre, pegada a su cuerpo, como signo de que se trata de una criatura; y el manto rojo, símbolo de la divinidad ya que, a partir de la Encarnación, ha quedado envuelta en el misterio de Dios. En su manto, tres estrellas que simbolizan la triple virginidad (antes, durante y después del parto) y la presencia de las tres personas de la Trinidad.

María descansa en el Hijo, quien la acoge en su seno como ella le acogió en el suyo cuando vino a este mundo. María nace a una nueva vida, la vida eterna (representada en el arco con las estrellas), como el Hijo nació al mundo. Están los dos sentados en un trono como los reyes: Cristo Rey, y María, nuestra reina; pero sin posesiones, solos con un amor infinito. Las manos delicadamente entrelazadas, y los ojos de la madre vueltos hacia el Hijo, y los del Hijo hacia nosotros como una invitación a estar e ir hacia Él.

El icono lleva dos nombres: el de Jesús, IC XC, abreviación en cuatro letras del nombre en griego de Jesús el Cristo; y en la parte superior derecha están escritas las letras MP ØY, es decir, “Madre de Dios”, porque es la principal misión de María, lo que define la relación con el Hijo.