Madera de abedul
Amamantar y Nutrir
Cerca de la basílica de la Natividad, en Belén, se encuentra una gruta excavada en roca blanca llamada la Gruta de la Leche. La tradición dice que en este lugar María y José se refugiaron antes de salir hacia Egipto y que allí, mientras la Virgen daba el pecho al Niño, cayó una gota de leche en la roca de la gruta que, al instante, cambió su color a blanco. Esta cueva es un memorial de la maternidad de María, que en este caso toma el nombre de la advocación de la Virgen de la Leche. Es un tema que aparece en la tradición desde antiguo. En la catacumba de Priscila de Roma hay una representación del siglo III en el cubículo de la Velatio considerada la primera imagen de esta advocación.
Contemplar la escena de María amamantando a Jesús es una invitación a profundizar en el misterio de la Encarnación que no cesa.
Salir del vientre de la madre supone abrir una ventana al misterio del amamantamiento, de la intimidad entre la madre y el Hijo, de la mujer que sigue alimentando con su cuerpo a quien ha salido de sus entrañas. Una imagen asombrosa en la que la madre entrega hasta la última gota de su ser para que la criatura crezca.
El brazo que sostiene, las manos que agarran, el calor del pecho, los cuerpos juntos, el olor inconfundible, la boca cerrada en silencio sagrado, la pregunta sobre lo que está por venir.
El que nutre, sostiene y alimenta es ahora nutrido, sostenido y alimentado. Por una mujer.