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Y NOS DIO SU NOMBRE

Comentario a Lc 1,26-38

 

La llegada de un nuevo miembro a una familia es un gran acontecimiento. Nervios, expectación, incertidumbre, ilusión… Todo un revoltijo de sentimientos en los que suele prevalecer la alegría. Una vez que la mujer confirma que está encinta, empieza a pensar en multitud de nombres para ese nuevo ser que lleva en sus entrañas. Será porque el nombre ayuda a que el ser humano que nace se convierta en especial. El nombre diferencia, nos hace singulares y únicos, y está vinculado al rostro. Por eso los padres dedican tanto tiempo a hacer listas para acertar. Es importante encontrar el nombre más bonito del mundo; ese que cuando se pronuncia, transmite sensaciones agradables y positivas.

El ángel Gabriel, sin embargo, no concedió ese privilegio a María. Se lo dio hecho: le pondrás por nombre Jesús. Debía de ser muy importante acertar de pleno para no dejar a la madre participar en esa elección. Era un caso especial. Probablemente María lo agradeció (¡así era ella!). Porque aquel ser que empezó a crecer en sus entrañas, procedía directamente de Dios. ¿Cómo iba a encontrar el nombre apropiado si todo aquello desbordaba sus expectativas y su corazón?

Ella conocía el nombre con el que Yahveh se había presentado ante Moisés y su pueblo –Yo soy el que está contigo–, el mismo que Gabriel le recordó cuando entró en su presencia para anunciarle la Buena Nueva –no temas, el Señor está contigo–; el que también José, su prometido, reconoció y recibió entremezclado y fundido con sus sueños: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa “Dios con nosotros”.

Hasta ahí, bien. María podía comprender. De alguna manera respondía a su tradición y a su fe. Así era el Dios que conocía. Sin embargo, que el Señor se alojara en su vientre aportaba algo cualitativamente distinto, novedoso y rompedor. Por eso, cuando escuchó el nombre de su Hijo entendió que, todo lo imaginable era insuficiente para describir el plan de Dios. “Jesús” –“Dios salva”– ponía “carne” a una cercanía extrema, rostro a su modo radical de estar con nosotros, y visibilidad a una salvación definitiva. Aquella personita divina a la que dio a luz tomaba en su ser la humanidad en su más pura desnudez. Ningún rincón del ser humano quedaba excluido: fragilidad, crecimiento, incertidumbre, pobreza, vulnerabilidad, insignificancia, simplicidad… Dios no escogió títulos ni reinados, sino simplemente la humanidad. ¿Quién no se siente liberado al ver a un Dios que, en lugar de provocar miedo, se pone a nuestra altura para curar, perdonar y dignificarnos de esta manera?

A nadie le puede extrañar entonces que María entonara el Magníficat (y lo que hiciera falta), o que los pastores proclamaran y cantaran la gloria de este Niño Dios que no solo no les despreciaba sino que les había ido a visitar en persona. Las palabras del ángel habían sido ciertas; efectivamente, hoy, en la ciudad de David, ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.

 

 

María Dolores López Guzmán

Publicado en www.feadulta.com

24 de diciembre 2017