Madera de olivo
María Magdalena no sabía quién era aquel hombre que estaba de pie cerca de ella, junto al sepulcro vacío. Solo cuando pronunció su nombre–“María”- todo cambió. Entonces ella exclamó -“Rabunní”-, que quiere decir, “Maestro” (Jn 20,1-18).
María Magdalena era la mujer “de la que había echado siete demonios” (Mc 6,9), por eso ella vivía agradecida. Su corazón estaba ligado a el del Señor que la había liberado. Daba igual lo que dijeran los demás, ella sabía lo que había recibido de Él y nunca lo negaría. Por eso, le siguió hasta el final, estuvo a los pies de la cruz, y animó a otras mujeres a estar pendientes de dónde depositaban su cuerpo cuando los soldados decretaron su muerte. Ella estaba allí, junto al sepulcro, esperando. No sabía bien qué pasaría, pero estaba segura de que las cosas no quedarían así.
Tenía razón. El Señor se apareció a las mujeres; y en primer lugar a ella que, al principio, no le reconoció. La luz de la resurrección cambia la perspectiva y hay que mirar con ojos nuevos para reconocer la misma realidad que, sin embargo, es distinta. Gloriosa.
En ansiado reencuentro sucedió de madrugada (Jn 20,1), cuando todavía estaba oscuro, aunque despuntaba el día. En el cielo no aparece todavía la luz del sol que ha sido sustituida por la luz del manto del Resucitado. De Él irradia la luz inmaterial, luminosa y dorada. La combinación entre el color blanco de la túnica y el dorado del manto une las dos experiencias que trae la resurrección: la nueva vida, la transfiguración, el triunfo del Espíritu de Dios.
El manto de María Magdalena, discípula predilecta, es violeta púrpura con toques plateados. Acorde con el dolor y las lágrimas, pero lleno de esperanza. Un color que desde la Edad Media simboliza la penitencia y la mortalidad, pero que expresa a través de los toques plateados que está llegando la luz. Por eso el icono en su conjunto irradia color. La buena nueva está vinculada a Jesús Resucitado que se ha hecho presente y ha vencido a la muerte; ya no hay nada que pueda separarnos de Él ni siquiera en medio de las dificultades de la vida, simbolizadas por las montañas agrestes.
María, con los brazos extendidos y las manos abiertas acoge y recibe todo lo que el Señor le quiera dar. En silencio. Con la mirada basta. Y el Señor la bendice y le indica que espere. Todo se andará.